Por: Joaquin Reyes Posada

Uno podría buscar afanosamente entre la madeja de conflictos que aquejan a la sociedad de hoy y no encontraría, -lo afirmo con vehemencia-, un problema más aberrante y mezquino que aquel que se relaciona con el maltrato a los niños. Toda población humana tiene en estas personas que se asoman a la vida una reserva para el futuro, una semilla, un potencial intelectual que debe ser fortalecido a través de la educación, puerta principal de todas las oportunidades. Infortunadamente, en América Latinano son numerosas las historias de violencia familiar, de maltrato de los padres a los hijos, de su utilización como recurso para el trabajo, cuando deberían estar en las escuelas adquiriendo la formación y los conocimientos que les permita enfrentarse al futuro con mejores herramientas.

Las estadísticas son elevadas con respecto a esta situación. Padres que abandonan a sus mujeres cuando saben que están embarazadas, que cuando tienen hijos los castigan con exagerados métodos y les dejan marcas indelebles en el cuerpo y en el alma y peor aún, que los desprecian para siempre. Y no es un problema de las áreas rurales solamente. En las grandes ciudades, sin distingo de posición social y económica, se ven casos aterradores de maltrato, niñas menores violadas por sus padres o por familiares cercanos, arrojadas a la brava al mercado de la prostutución infantil donde son ultrajadas, trabajadoras antes de llegar a la pubertad en oficios fuertes que rebasan su capacidad, en fin, soportan todas las formas de ofensa y humillación, cuando aún no han llegado siquiera a la pubertad. Y en esos escenarios, ¿qué futuro les espera?

La legislación es corta, ambigua e insuficiente para condenar estas conductas, como lo prueba el aumento de atentados contra la dignidad de los niños. Es hora de hacer un llamado, hoy tenemos mayores herramientas como el Internet, para elevar una voz de protesta y reclamar leyes más severas contra esta aberrante conducta de aquellos padres que sin piedad alguna, someten a sus hijos a la esclavitudbajo la creencia errada de ser los propietarios de su vida y sus circunstancias. Cuando los casos son detectados, debe procederse de inmediato a separar del hogar a las víctimas, apoyarlas a través de programas educativos y con terapias emocionales, vincularlos a un aparato educativo que les reconstruya su derecho a la vida sana y equilibrada.

Lo más importante de todo, es condenar a los actores materiales de semejantes atrocidades, estudiar cada caso a fin de hallar las soluciones adecuadas, pues se sabe que en muchos de ellos las causas son de orden psicopatológico.Un modelo ideal es difícil de alcanzar, pero no por ello se deben dejar las soluciones a la deriva. Por el contrario, es hora de revolucionar la legislación pero también el diseño de políticas deEstado, que apunten a la solución integral del problema, como es la disminución de la violencia intrafamiliar que afecta en especial a los niños. Por ellos debemos clamar, para que cese su hostigamiento y menosprecio.